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En boca de un reputado ponente, y según consta en un artículo publicado por RRHH Digital: “la gente feliz es tres veces más creativa, y quince veces más productiva”. Sentencia que, dictada al calor de unas jornadas sobre empleabilidad de jóvenes universitarios, nos deja postrados ante la “evidencia” de que para producir más y mejor hay que hacer, con carácter previo, felices a nuestros jóvenes (a los no tan jóvenes también, claro está). La relación causa efecto parece evidente: Hagámoslos felices que después obtendremos mejores resultados.

En ocasiones, las dosis de consejos almibarados, edulcorados, ilusionantes, motivantes, y un largo etcétera de buenismos con los que nos ha tocado convivir, nos sitúan al borde de la arcada y del empacho emocional.

Aún recuerdo, no sin  rubor, el rapto que sufrió el Presidente de una multinacional española al ser apartado de la vecindad con un colaborador accidentado. Un grito, cosido a la uña colgante de uno de los dedos del mismo, provocaron no ya su auxilio sino “el secuestro” del Presidente en aras a impedirle un mareo provocado por tan penoso percance. El accidentado, postrado y próximo al desmayo, solo; el Presidente, auxiliado, y reconfortado, en atención a evitar males mayores. El mundo al revés. Era menester evitar el sufrimiento emocional de quien ajeno a todo desconocía el alcance del episodio en cuestión. El buenismo, expresado en forma de peloteo indecoroso.

Pero vayamos por partes, ¿la felicidad es origen o consecuencia? ¿Es producto finalista o derivada consecuente? ¿No será más bien que entregados a un desempeño, empresa o similar, de forma comprometida, y materializado el logro, se pueda recoger como cosecha el fruto de la satisfacción? Siendo así, la sentencia pudiera expresarse del siguiente tenor: “La gente comprometida con lo que hace es tres veces más creativa, y quince veces más productiva y, en lógica consecuencia, se mostrará más satisfecha” (me produce urticaria hablar de la felicidad en tal contexto).

La sociedad ha caído en la trampa de querer alimentarse con potitos y sopitas que en su deconstrucción  impidan que, atragantados por la dureza de las palabras esfuerzo, coraje, sacrificio, compromiso, etc., se arruine  tan endeble entramado colectivo.

Tensados por la motivación, la ilusión, la pasión, el talento, y el liderazgo…,  arrinconamos en el olvido de nuestra desmemoria el hecho de que un padre, amoroso y responsable, cansado por el cotidiano trabajo, y sumido en el mejor de los sueños, se levanta y atiende sonámbulo al reclamo de su hijo que llora, y lo hace, con esfuerzo, con voluntad, con sacrificio, sin deseo alguno, pero lo hace, y es así porque se siente amorosamente comprometido con él.

Qué decir del joven que desea ser ingeniero de redes y malvive con el cálculo (no le apasiona en absoluto), se entrega a él con esfuerzo, con disciplina, y con el gesto tensado por lo odioso de la asignatura. ¿Dónde se encuentra la visión ilusionante de la historia? ¿Por qué entonces ocultar la verdad de lo que nos rodea?

¿Acaso Rafa Nadal cuando entrena huido de la mirada de su público, flota en el aire y no traspira? Qué decir de todas aquellas personas que en su esfuerzo y sacrificio nos muestran la verdad de lo que la vida es. ¿No nos estaremos riendo de todos ellos con tanto pijerio intelectual?

La felicidad, en todo caso, será consecuencia de actos de vida que en su grandeza puedan ser mostrados como referente a seguir; algunas veces, ilusionantes, otras, las más de ellas, fruto del amor a los demás.

Publicado el 5/3/2015 en El Confidencial Digital

Si los hacemos felices rendirán más y mejor… ¡Qué frivolidad!