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Se entiende por resiliencia la capacidad que tiene un individuo u organización para sobreponerse a la adversidad; de tal forma que, una vez superado el reto enfrentado, recupere su tono y propósito vital con un mayor y mejor arsenal de experiencia. Arsenal que le permitirá encarar con mayores garantías de éxito la visita siempre incómoda, constante, y retadora de la adversidad.

Que una persona sea resiliente en modo alguno significa que permanece  ajena e insensible al sufrimiento provocado por un accidente, enfermedad, desengaño amoroso o percance laboral. La cuestión no consiste tanto en no padecer como en saber sufrir con esperanza.

“Quien tiene un por qué para vivir, encontrará casi siempre el cómo” así se expresaba Nietzsche en una de sus sentencias. Encontrar sentido al sufrimiento siempre lo hace más soportable.

El esfuerzo que acompaña al estudio nocturno se hace más llevadero cuando se encuentra legitimado por un comprometido deseo de aprobado. Por contra, cuando el  afán de logro no nos acompaña, el desaliento y el abandono se nos presentarán como compañeros inseparables de fatiga.

¿La persona resiliente nace o se hace?

Como en cualquier potencialidad humana cada persona en su singularidad se encuentra dotada de “unas prestaciones de inicio” que requerirán de trabajo y dedicación en aras a conseguir su máximo despliegue posible.

Qué duda cabe  de que el entrenamiento, al margen de una mayor o menor predisposición genética, hará posible unas mayores cotas de resiliencia. Pero no se trata tanto de ser, entre varios, la persona más resiliente -en relación a otros-, como de resultar el individuo más resiliente posible, en relación a sí mismo y a sus potencialidades.

Escuelas de resiliencia

La primera y más fundamental es la familia -siempre que anímicamente esté bien estructurada-; el amor incondicional junto a referentes morales y éticos de sentido de la vida se plasmarán en una potente armadura vital que permanecerá “cosida” a la conciencia del joven a lo largo de toda su vida. Sin lugar a dudas el mejor de los legados.

El deporte que educa, que no se concreta sin más en el logro victorioso, sino que enseña, que acompaña y que cree en el individuo. ¡Cuántas derrotas deportivas se han transformado en una vida más plena!

La enseñanza que anima al esfuerzo, y que desafía al intelecto y a la voluntad a través de pruebas de suficiencia. Cuando se baja el listón de la exigencia estamos favoreciendo no tanto una mayor mediocridad intelectual, que también, como una endeblez anímica ante el esfuerzo y la adversidad -el suspenso- preocupante.

Y digo preocupante porque la vida no se presenta como justa o injusta, simplemente es, y como tal no conoce de excepciones; la muerte de un ser querido, una enfermedad o problema económico, se acabarán personando ante nosotros en toda su crudeza. Desnudos en nuestra soledad, solamente desde la fuerza de nuestras convicciones y del sentido que queramos dar a nuestras vidas, como armadura vital, el reto se nos antoja abordable.

Por último la vida. La vida que nos desafía, y que tal como citaba Heráclito se nos muestra como un cambio constante. “Lo único constante es el cambio”. Pero para que la misma se  presente en toda su auténtica dimensión normalmente se requiere de un tiempo de niñez y juventud       (por desgracia no siempre es así) donde el reto, medido y dosificado, favorecerá un espíritu más fuerte y robusto.

Una alternativa pionera. Curso Talento y Liderazgo Social: El nuevo Metaliderazgo.

Conscientes de la importancia de la educación en el joven sobre lo aquí apuntado, el Instituto Español de Resiliencia se  muestra como una posibilidad más en cuanto a las escuelas de resiliencia se refiere.

Resulta grato comprobar cómo la sociedad, concretada en iniciativas de carácter humanista,  se posiciona en atención a propiciar una vida más plena, mejor.

En un formato de dos años con fecha de inicio 25 de Octubre, y para muchachos de 2º de Bachiller, se nos presenta el Curso Talento y Liderazgo Social: El nuevo Metaliderazgo.

Se presenta como una alternativa enriquecedora a través de la cual los jóvenes puedan formarse adecuadamente en las herramientas básicas de toda persona que pretenda no tanto liderar la vida de otros como en tratar de liderar la suya propia.

La armonía exterior en un individuo es premonitoria de la suya interior; cuando una persona se emplea adecuadamente en el buen gobierno de su vida se muestra como un firme candidato a dirigir adecuadamente el de un departamento, una compañía, una sociedad, institución o similar.

Formando personas de forma íntegra en todas sus dimensiones se posibilita la existencia del buen liderazgo. El metaliderazgo, algo más que el liderazgo.

El desarrollo de la inteligencia emocional, de la capacidad negociadora, de la capacidad de comunicación en un espíritu tensado por el esfuerzo, compromiso y dedicación se  nos antoja como un potencial  vivero de jóvenes resilientes en una sociedad marcada por la búsqueda del placer y de lo cómodo  y superficial. Felicidades al IER por tal iniciativa.

Publicado el 27/8/2013 en El Confidencial Digital.

Escuelas de resiliencia