En la foto de  portada de una revista de tirada mensual y anejo a la sien derecha de Vicente del Bosque se puede leer el siguiente título: Los expertos nos dan la fórmula exacta. Tú puedes ser un líder como Rafa Nadal, Barack Obama, Amancio Ortega, Carlos Slim, Mahatma Gandhi”.

Perplejo busqué el artículo de fondo que diera soporte conceptual a la portada en cuestión; su inicio, en la página 68, venía marcado por  una pregunta de lo más original: ¿ un líder nace o se hace? Continuaba con interrogantes tales como: ¿Qué tipo de líderes hay? ¿Y qué formas existen de liderar? Y un decálogo que, cual hoja de ruta de necesario cumplimiento, facilitaba el hecho de  poder emplearse como  un auténtico líder. En otro apartado  sus expertos analizaban -y presentaban como líderes- una muestra de personajes de lo más variopinto: desde Gandhi y Mandela a César Alierta, Florentino Pérez, Carlos Slim, Fernando Alonso, Carlo Ancelotti, Alberto Chicote y Pedro Almodóvar entre otros.

¿Por qué digo perplejo? El mundo anglosajón de la mano del verbo to lead: (encabezar, ir delante, al frente de) ha suplantado esa acepción a lo que hasta no hace mucho tiempo aquí se conocía como dirección o jefatura. Tal es así, que actualmente se emplean como sinónimos. De ahí que en multitud de circunstancias se hable de buen o mal liderazgo. Lo que debiera ser una buena o mala jefatura, calificada únicamente en torno a la eficiencia y eficacia del jefe, acaba siendo considerada como un  buen o mal liderazgo.

Pero si concebimos  liderar como una forma de emplearse en la vida consistente en hacer bien el bien, rápidamente se caerá en la cuenta de que el mal liderazgo se antoja como un oxímoron de difícil trágala.

Pero vayamos por partes. ¿Un líder nace o se hace?

Todos estamos llamados a liderar nuestras vidas, bajo esa perspectiva no hay duda posible: el líder se hace. La tarea consistiría en ofrecer la mejor versión de lo que una persona a título individual es capaz de conseguir.

Sthepen R. Covey, autor entre otras obras de “Los siete hábitos de la gente altamente efectiva” en respuesta a la pregunta sobre si ¿el liderazgo puede enseñarse? Responde: no, pero sí puede aprenderse. Una vez más la clave está en el ejercicio del espacio entre estímulo (es decir, la formación) y la respuesta (es decir el aprendizaje), y si las personas ejercen su libertad de elección para aprender el conocimiento, las habilidades y los rasgos característicos asociados con el liderazgo (visión, disciplina, pasión y conciencia), aprenderán a ser unos líderes que los demás seguirán de buen grado.

En el razonamiento anterior subyace la idea de que el individuo debe querer como condición primera y necesaria. Siendo así, acabará perfeccionándose en el buen gobierno de su vida. Mejorará sus “prestaciones vitales”.

Pero ¿y cuándo nos referimos a dirigir una organización? Una vez superado el escollo de la voluntad (puesto que hay individuos que no se sienten llamados a dirigir) restan como condiciones  ineludibles la  del talento, pasión y compromiso (no todo el mundo tiene talento para dirigir). A partir de aquí la mejora (hacerse) es posible. Formar líderes que no quieren y que no tienen talento suficiente se antoja como  imposible, como imposible resulta también clonar Mesis o Cristianos (ninguno de ellos se muestran como ejemplos de liderazgo).

Luego parece que la respuesta se concreta en que el liderazgo es posible “hacerlo” cuando a una base de talento necesaria, le añadimos grandes dosis de ilusión y conocimiento de todo tipo: intelectual, emocional y de sentido, adquirido bajo los auspicios de  un compromiso sustentado por el sentido del deber o del amor.

La disyuntiva sobre si el líder  nace o se hace debiera ser sustituida por: nace y se hace, si  quiere y hay talento para ello.

En pregunta posterior: ¿qué tipo de líderes hay? La revista responde y desarrolla los conceptos siguientes: líder por carisma, puntual, por conocimiento y por imposición. En todas las respuestas se atiende con exclusividad a la eficacia; siempre de espaldas a la ética. La eficacia como único patrón de medida. Con olvido de lo que supone “hacer bien el bien”.

Continuando con las formas  de liderar que pasa a enumerar: el autoritario, el directivo, el democrático, el colaborativo y el que “deja hacer”. Calificativos que no entrando en lo sustancial del individuo – nuevamente “hacer bien el bien”-  ilustran una forma de emplearse, un estilo particular de cada jefatura.

Por último señalar que resulta cuando menos llamativo que las únicas personas que relacionan  la cuenta de resultados de una empresa con el liderazgo jamás estarán en condiciones de lidiar con ella,  por su condición de militares en activo. Siempre resulta más fácil hablar de lo ajeno que de lo propio.

En fin, se citan nombres y más nombres que, en la mayoría de los casos -no en todos-, lo único que reflejan es la imagen de una persona conocida por su condición de deportista de élite, cocinero prestigiado, militar de alta graduación o empresario de fuste. Como curiosidad  añado que tengo la sospecha de que aquel que lo es  le trae al pairo que le califiquen como tal.Hacer bien el bien.

Publicado el 18/6/2014 en El Confidencial Digital

¿Un líder nace o se hace?