Rafa Nadal, ante el ofrecimiento de la Real Federación Española de Tenis de viajar en Jet Privado desde Nueva York a Madrid con el fin de disponer de un día más de descanso, previo al enfrentamiento de Copa Davis de España y Ucrania, contestó: “Tal y como está el país no creo que sea el momento de hacerle pagar un viaje al Estado”.

La fuerza de los hechos, el reflejo de nuestros actos es lo que irremediablemente nos acaba calificando como individuos. Qué duda cabe de que cualquier político avezado en las lides del marketing electoral, y sabiéndose observado, habría optado por una forma similar de empleo.

¿Cuál es la diferencia que separa tales comportamientos? Sin lugar a dudas  el sistema de anclajes de carácter ético que dan soporte a sus vidas. Quien obra en atención a mostrar respeto por sí mismo y por los demás, siempre se apreciará como ejemplar en su conducta como consecuencia de su fidelidad ética.

En el otro extremo se encontraría aquel individuo que, viviendo instalado en la apariencia y la astucia fría y distante, se comporta atendiendo al fino cálculo de quien, al no saberse observado, se manifiesta carente de todo escrúpulo; es decir, se concreta como una persona carente de referentes éticos.

El ejemplo de Nadal se traduce en un destello de grandeza que seguramente servirá para que alguien en su desesperanza encuentre algo de luz donde la oscuridad se manifiesta como predominante. ¿Pero acaso no son destellos de grandeza otros comportamientos de este gran hombre?

Fácil puede resultar el dominio hipócrita de la puesta en escena final posterior al logro de un grand slam.  Reconfortado por el éxito, ¿quién no se sentiría con fuerzas de interpretar una ceremonia de engañoso  consuelo  y falsa modestia? Más difícil, mucho más difícil es el dominio del gesto de soberbia que supone lanzar la raqueta al suelo con ocasión de un fallo o deseo truncado. Jamás un gesto de soberbia, ni de falsa modestia, sí de contención, ánimo, esfuerzo, coraje, disfrute en el logro al servicio de lo que debe ser:  ganas de vencer a través  del respeto al oponente y a sí mismo, en definitiva a sus principios.

Pero sus coqueteos con la derrota no se nos muestran de forma muy distinta; ajeno a la queja y a la autocompasión, tampoco nos ofrece la mirada huidiza de quien no sabe arrostrar la derrota, no ha perdido, le han ganado, que diferente suena.

Llegados a este punto cabe preguntarse por otros tipos de destellos, los propios. Si la forma de emplearse de Nadal y sus logros sólo sirven para hacernos sentir que somos mejores, sus destellos  nos habrán deslumbrado que no alumbrado.

Cuando alguien, ya  sea  padre, amigo o pareja se muestra como ejemplar en su conducta, nos invita a transitar por el camino de la  excelencia, de la ilusión, y de los principios y valores. Si con su forma de hacer nos inspira para que, tomando el timón de nuestra vida, nos concretemos también con grandeza, su ejemplo se tornara en luz alumbradora de nuestro camino. En lógica consecuencia nuestra singularidad saldrá reforzada.

Por contra, si su desempeño simplemente sirve para que de forma inmadura y fanfarrona nos podamos mostrar como mejores que otros, lo único que habrá conseguido el resultado de su luz deslumbradora será alimentar una  estúpida ceguera, la nuestra.

¿Dónde encontrar la pócima reparadora de tan infeliz ceguera? Sin lugar a dudas en nosotros mismos. Según Stephen R. Covey  en su obra Los siete Hábitos de las personas altamente eficientes “Si piensas que el problema está allá afuera, ése es el problema.” En lógica consecuencia  considerar que la grandeza ajena nos hace mejores lo único que propicia es alimentar nuestro problema.

Si consideramos, al emplearnos en la vida, que nuestros actos pueden inspirar el buen hacer de otros dándoles compañía en su soledad haremos de éste un lugar más habitable. Es de justicia dar las gracias a todas aquellas personas anónimas ajenas a todo tipo de fama, no como Nadal que también, y cercanas a nosotros que se muestran como grandes a los ojos de los demás. El agradecimiento es la justicia del corazón.

Publicado el 18/9/2013

Los destellos de grandeza de Nadal y de…