El carácter

Al tratar de acotar el carácter de una persona necesariamente nos referimos a aquellos aspectos de la misma que, concretados en sus hábitos, nos manifiestan una especial forma de emplearse en la vida. Es sobre la base de un temperamento biológicamente condicionado que se construye el carácter.

Un carácter fuertemente asentado permite unas elevadas dosis predictivas a la par que posibilita el establecimiento de relaciones confiables -siempre que los fundamentos éticos de la persona sean los adecuados-. El cumplimiento de la palabra dada no se manifiesta como un referente positivo en sí mismo; apalabrar y cumplir un robo por encargo nos sitúa ante el espejo de una persona amoralmente confiable.

Un carácter sólidamente constituido y éticamente referenciado nos aporta pistas más que fiables sobre el gobierno de la propia vida. En la existencia de referencias de naturaleza moral late el firme deseo de emplearse de acuerdo con ellas. Nos enfrentamos al intento de liderar la propia vida. A la más genuina de las manifestaciones de todo ser libre: elegir y hacerlo de acuerdo con criterios éticos.

El Estilo

A la cara con que se nos ofrece el carácter la denominamos estilo. El estilo no deja de ser la envuelta con la que nos mostramos a los demás. Pero no nos engañemos con el término en cuestión, el estilo también forma parte del carácter, acaba calificando al mismo.

Así, cuando un padre se dirige de forma distinta a su hijos, uno de seis años e inquieto y otro de diez y tranquilo, adaptando su estilo, ¿acaso no se manifiesta como una persona respetuosa con la singularidad de cada uno de ellos?, ¿no da pruebas evidentes de que su centro de interés trasciende hacia ellos evitando apalancarse en el yo egoísta? Por contra, la rigidez de un estilo “recto y monolítico” que se  presenta a  partir de un único registro, ¿no refleja un ensimismamiento excesivo, un nulo afán de servicio y una escasa consideración por los demás? De soberbio podríamos calificar a quien así se emplea.

“In medio virtus”

Tal como afirmaba Aristóteles la virtud es un hábito de libre elección, manifestación por tanto de la voluntad de un individuo que se concreta de forma prudente, esto es, con justicia y  cautela en la evitación de todo daño, con la templanza propia de quien evita toda confusión entre placer  y virtud, con la firmeza que se apalanca en  principios inmutablemente universales y con la justicia que implica guardar proporción entre lo que se da y recibe, así como la distribución adecuada del valor.

De ahí que la ensoñación de un carácter hostil -marcado por sus hábitos-, sin registros de adecuación a los demás se nos presente tan poco deseable como la del  fino estilista -sin hábitos aparentes, sin carácter- que no manifiesta referencia alguna de orden ético y moral; lo que hoy se supone bueno  pasa a tener la consideración de malo al día siguiente. La respuesta se encuentra en algún punto del trecho que separa  lo constantemente inamovible (la pura rigidez) y lo fugazmente constante (la pura extravagancia), la virtud como hábito.

In medio virtus jamás debiera entenderse como la media aritmética  o equidistancia de  los dos extremos posibles, sino como el arte del buen gobierno de la vida, el arte de elegir adecuadamente, con criterio.

Manifestaciones de estilo.

La indumentaria,  el aseo diario,  la elección de peinado, coche e incluso  gafas de sol no dejan de ser una pura manifestación de  estilo. Formas todas ellas que naciendo de la motivación intrínseca del individuo -de dentro hacia fuera- se concretan de espaldas a un particular receptor. No existe un anhelo específico de influir en alguien en concreto. Se muestra así en atención a su gusto y deseo.

Pero es en el afán de conectar con los demás como el estilo se manifiesta en todo su esplendor. Del somos lo que hacemos se desprenderá nuestra forma de ser a partir de la manera en que interactuamos con los demás, en definitiva de nuestro estilo y la forma en que se muestra.

La palabra que nos acerca, que alberga en su tono el afán reparador de quien se encuentra a nuestro lado de forma incondicional o la que hiere y se manifiesta distante en su despecho. El amor y el egoísmo enfrentados en la dicción.

El contacto físico, cálido y cariñoso de una relación amigable y servicial o la fría y distante presencia de quien no permite ningún acercamiento en aras a mantener una soberbia falsamente alimentada.

Los regalos si fueran menester, como señal de un tiempo empleado en busca de la  alegría de quien los recibe o el olvido imperdonable de una fecha esquiva y huidiza.

Compartir tiempo de calidad, aquel que discurre en común que no necesita de excusas y que se muestra como simétricamente opuesto  a la ausencia esquiva de quien quiere permanecer ajeno a nosotros.

Y Los servicios  como desempeño de una vida entregada a los demás y que obra de espaldas al manejo  egoísta de quien no repara en nada ni en nadie.

Formas y más formas de relación que  darán la medida exacta de quien somos, en definitiva de cuál es nuestro estilo, nuestro carácter.

Publicado el 12/9/2013 en El Confidencial Digital

Carácter y estilo, ¿caras de la misma moneda?