Enunciados tales como las mujeres son… los hombres son… los directivos son… en realidad nos enfrentan a estereotipos que con carácter general no se ajustan a la naturaleza humana, si hay algo que singulariza a la persona por encima de cualquier otra consideración es el ejercicio de su libertad, esto es la capacidad de elegir y elegir libremente tanto en el camino que desea recorrer como el sentido que quiere dar a su vida.

 

La pirámide de Maslow se concretó en un intento de fundamentar los impulsores del comportamiento humano, en su forma más popular reconoceremos fácilmente la siguiente figura (figura nº 1), figura por otra parte que se  ha empleado de forma habitual tanto  en el mundo del marketing (es de reciente uso en un spot publicitario de una prestigiosa marca de vehículos) como en el  del estudio del comportamiento humano en la organización.

Según Maslow una vez satisfechas las necesidades fisiológicas básicas, aparecen otras de orden superior (las de seguridad, por ejemplo) que pueden ser atendidas a partir de la estabilidad conseguida en los estadios inferiores, las primeras cimientan y posibilitan a las siguientes y así de forma sucesiva entramos en un movimiento ascendiente hacia la autorrealización.

La pirámide en cuestión no resuelve de forma consistente determinados comportamientos por todos  conocidos, figuras legendarias del devenir de la historia, que no teniendo resueltas  necesidades de base alcanzaron cotas elevadas de grandeza y realización; Van Gogh pobre y desequilibrado, Tomás Moro la defensa de sus convicciones atacaba de pleno a sus posibilidades de supervivencia, y un largo etc., de personajes, que no obraban según dicho paradigma. ¿Qué explicación damos a  culturas   en las que no existe la propiedad privada y en cambio conviven con elevadas dosis de  armonía ?, ¿y el sacerdocio que encuentra fundamento y realización en la entrega a los demás, con abandono de la propiedad, vida sexual, etc?

Pues bien creo que la Pirámide de Maslow nunca ofrecerá una visión adecuada del directivo, tampoco de otras personas, pero en particular quiero ceñirme a su figura, ya sé que se me podrá argumentar que estoy próximo a entrar en contradicción, en un contexto como el que  los “directivos son…”, de connotaciones parecidas al inicio del primer párrafo, pero nada más lejos de la realidad, el marco de desarrollo es una referencia que nos puede permitir observar la singularidad de cada individuo.

En el directivo como en cualquier tipo de persona conviven tres   tipos de motivaciones:

La  extrínseca, el hacer apalancado por lo que recibe de material en su profesión; salario, vacaciones, ventajas económicas, etc. La motivación se propicia a través de una compensación o premio ajenos al individuo.

La intrínseca, la fuerza impulsora que emana  de nuestro interior, como expresión  de todas  aquellas cosas que nos apasionan, la expresión de nuestros talentos y capacidades, retos, aficiones, un problema no resuelto y la búsqueda de  solución, etc.

Y por último  la trascendente, cuando el foco de  interés abandona nuestro centro de gravedad para trasladarse hacia alguien ajeno a nosotros; el llanto de un pequeño en la noche, no provoca en el adulto un “arreón” de motivación extrínseca o intrínseca, el pago no existe y la satisfacción que provoca interrumpir el sueño tampoco, es el interés incondicional por otra persona la que  alimenta nuestra disposición.

Muchas son ya las corrientes de opinión en el ámbito universitario, que empiezan a vislumbrar que  hay que deshacer un largo camino recorrido hasta ahora, caracterizado por la formación exclusiva del intelecto con menoscabo de la emoción, la imposibilidad de tratar el mundo de las emociones como variables cuantificables, predecibles y por tanto formulables, ha posibilitado  por una falta absoluta de entendimiento de la condición humana que se haya considerado su presencia  académica como innecesaria, la consecuencia natural se concreta en que el mundo universitario entrega en la mayoría de los casos auténticos analfabetos emocionales a la sociedad, cada vez es más evidente la brecha abierta  entre una cada vez mejor y más extensa formación intelectual, y una peor y más endeble formación del individuo ante la vida.

Los resortes vitales y su manejo no son tratados en el mejor de los casos fuera del ámbito familiar, vistas así las cosas qué ocurre con nuestros jóvenes cuando se enfrentan a la adversidad propiciada por un desencuentro laboral, sentimental, una enfermedad, un accidente, etc , situaciones que siempre han desafiado nuestra condición humana, pero que una formación en la que los referentes morales fueran firmes y claros, así como  constante la presencia del esfuerzo, paciencia y  tenacidad en la consecución de nuestros logros, propiciaría una mejor armadura vital frente a la sinrazón de la adversidad.

¿En dónde adquiere la persona y nuestro directivo en particular las herramientas necesarias para el desempeño de su función?, no nos engañemos en la mayoría de las situaciones resuelve con la experiencia acumulada a lo largo de su discurrir vital, bien sea familia, colegio, clubes deportivos  o amigos.

Siguen siendo excepción la situaciones en las que cuenta con el ejemplo de algún directivo  o que se beneficia de algún proceso interno de coaching empresarial.

Curiosamente en muchas ocasiones nos encontramos con la paradoja de que se trata de formar al directivo  a través del intelecto y no en la vivencia de la emoción, el mundo hay que sentirlo no entenderlo, una conducta ejemplar tiene fuerza a través de su testimonio no de su entendimiento, estamos sobrados de líderes intelectuales y faltos de líderes morales. Consecuentemente la empresa y su discurrir emocional diario se necesita a si misma en la formación de sus propios directivos.

Publicado el   6/2/2012 en el Diario Negocio & Estilo de Vida

lEl directivo y Maslow